Por más de medio siglo, la Arena López Mateos ha sido una especie de catedral subterránea de la lucha libre mexicana: modesta en apariencia, ferviente en espíritu. Su fachada podría confundirse con cualquier nave industrial del Estado de México, pero al cruzar sus puertas uno entra a un recinto donde la pasión tiene forma de máscara, gritos, sudor, sangre y catarsis. A sus 58 años, la arena no solo sobrevive; resiste. Y lo hace gracias a una familia, una comunidad y una historia escrita con vuelos, llaves y costalazos.

“Mi papá la fundó hace 58 años. Desde entonces no me he despegado de aquí”, dice Héctor Guzmán hijo, actual director del recinto. Nació entre las gradas y el estruendo del público, cuando la arena aún se estaba levantando sobre los cimientos de un Tlalnepantla que todavía no imaginaba la expansión industrial y urbana que vendría después. “Me acuerdo de venir cuando estaban construyendo las gradas… veníamos a jugar con mis hermanos. Una vez me corté con una lámina de la marquesina, y ya no nos trajeron más hasta que se inauguró.”
La lucha libre, dice Guzmán, siempre ha sido una válvula de escape, un espejo donde el público se mira con la máscara puesta. “La gente viene a gritar, a llorar, a reír. Es una catarsis emocional. Y el luchador, antes inalcanzable como un dios, hoy es más cercano. La gente lo siente familiar.”
Pero esa familiaridad no resta ni un gramo de mística. Las noches de la López Mateos son memorables. Guzmán recuerda con brillo en los ojos un mano a mano del Hijo del Santo contra el Perro Aguayo. “Estaban completamente entregados. Ensangrentados. El público dividido, gritando sin parar. Fue una guerra de 40 o 50 minutos.” También rememora un combate entre el Brazo de Oro y el Villano Tercero que terminó suspendido por seguridad: “Se estaban dando con todo. Nadie se rendía. El comisionado tuvo que intervenir.”

Desde sus inicios, la arena fue un acto de fe. Tlalnepantla era entonces una zona de tránsito más que de destino. “No había tantos asentamientos, y pensar en un recinto para dos mil personas sonaba a locura. Pero mi papá tenía visión. Con una oportunidad económica que se le presentó, decidió lanzarse. Y desde ahí se empezó a hacer la historia.”
Hoy, la Arena López Mateos no solo es un punto neurálgico del deporte-espectáculo en el norte del Valle de México; es también un semillero. “Aquí han luchado muchos que luego se hicieron grandes. Místico estuvo aquí antes de ser Místico. También Penta El Zero M y Rey Fénix pasaron por aquí con otros nombres.” La empresa que administra la arena se llama Alianza Universal de Lucha Libre, con su propio roster, campeonatos y escuela. Es un ecosistema independiente que apuesta por la formación lenta y rigurosa. “Un luchador profesional tarda mínimo cinco u ocho años en consolidarse. Esto no es de maromas. Es disciplina, gimnasio, caídas que duelen y no cualquiera aguanta.”

La arena sobrevive también por su vocación popular. “Es un espectáculo accesible. Si vas al fútbol o a un concierto, los boletos son caros. Pero aquí puedes ver un evento con tus hijos sin gastar tanto. Eso mantiene vivo el carácter popular de la lucha libre.” Sin embargo, la audiencia ha cambiado. Antes el luchador era voluminoso, más adulto. Hoy hay más jóvenes, más vuelos, más riesgo. “El público ha evolucionado con eso. Ya no solo viene la clase media baja; vienen de todos lados. Turistas incluso. Y ahora con el impulso de estrellas que brincan a la WWE, como Penta, el interés está más fuerte que nunca.”

Durante la pandemia, el recinto estuvo a punto de cerrar. “Fueron dos años cerrados. Sin entradas, sin luchas. Estuvimos a punto de rendirnos. Pero aguantamos. Y en 2023, 2024 y ahora en 2025, hemos vuelto a tomar fuerza.” Parte del empuje viene también del prestigio que la arena ha acumulado. “Aquí han venido periodistas de Japón, Alemania, Suiza, Holanda. Ya se habla de la López Mateos a nivel mundial.”
El nombre, dice Guzmán, proviene de una mezcla de coincidencias y admiraciones. El terreno donde se construyó era propiedad de Domingo Zavala, quien sentía un profundo respeto por Adolfo López Mateos, presidente de México de 1958 a 1964, gran impulsor del deporte. “Mi papá también lo admiraba. Así que el nombre fue un homenaje, una manera de unir ese espíritu deportivo con esta locura que es la lucha libre.”
Al final, Guzmán habla de la arena como quien habla de un legado sagrado. “Es tradición familiar, es referente del municipio y fuente de trabajo. Aquí seguimos porque la lucha libre tiene todavía mucho que dar. La arena es casa, trampolín, memoria y futuro.”

Este 17 de mayo a las 7:30 de la noche, la Arena López Mateos celebrará su 58 aniversario con una función estelar que promete honrar su legado con la intensidad que la caracteriza. La cartelera reunirá a figuras consagradas y talentos emergentes, en una mezcla que refleja tanto la historia como el presente vibrante del recinto.
