No fue solo una función más. Fue una noche que rugió desde las gradas, que vibró en cada caída, en cada grito de “¡esto sí es lucha!” y que dejó claro que, en Tlalnepantla, la lucha libre sigue latiendo con fuerza. El evento se llamó Super Madrazo, y sí, el nombre no engañó a nadie: hubo golpes, vuelos, castigos y pasión a raudales.

La estelar trajo nombres con linaje. El Hijo de Octagón, Huracán Ramírez Jr y Ciclón Ramírez Jr no subieron al ring a posar para la foto: subieron a imponer respeto. Lo hicieron desde el primer contacto, dominando el ritmo con oficio, energía y una química de esquina que pocas veces se ve tan pulida. Cada uno aportó lo suyo: el Hijo de Octagón con su estilo firme y técnico, Huracán con vuelos que encendieron al público como si el tiempo no pasara por sus rodillas, y Ciclón Ramírez Jr con ese instinto certero que lo llevó a cerrar la lucha con llave de oro y cuenta de tres.

En la esquina ruda, Carta Brava Jr, Mocho Cota Jr y Manía Cop tuvieron sus momentos. Son duros, saben castigar, pero el sábado les faltó orden. Hubo talento, sin duda, pero los errores de coordinación, uno tras otro, les cobraron factura. En un nivel así, un mal relevo o una distracción cuestan el combate. Y lo pagaron.
El público, que llenó la Arena López Mateos hasta el último rincón, respondió con energía de principio a fin. La López Mateos no necesita pantallas gigantes ni producción de televisión: necesita un ring, seis cuerdas, y luchadores que sepan lo que están haciendo. Y eso fue exactamente lo que recibieron.
Pero Super Madrazo también tuvo momentos de ternura, nostalgia y técnica. Los minis se robaron el corazón de muchos. Mini Rey Misterio y La Parkita hicieron pareja y se llevaron la victoria frente a Mini Psicosis y Mini Oriental. Fue un combate lleno de carisma, con secuencias que mezclaron el juego clásico con pasajes técnicos que levantaron a los veteranos de sus asientos. El “¡otra, otra!” bajaba desde las gradas mientras Mini Rey Misterio giraba sobre su rival con agilidad de videojuego. Y La Parkita, con su eterna sonrisa bajo la máscara, se encargó de rematarlo con una plancha desde la tercera cuerda.

El ambiente fue de fiesta, pero también de respeto. A diferencia de los grandes recintos televisivos, la López Mateos mantiene viva esa conexión directa entre público y luchador. Aquí no hay distancia. Aquí se siente el sudor, se escucha el grito, se vive cada conteo como si el resultado dependiera de uno.
Y eso es lo que hace grande a funciones como Super Madrazo. No se trata solo de quién gana. Se trata de recordar por qué esta lucha nos duele, nos emociona, nos representa. Porque detrás de cada máscara hay historia, y debajo de cada golpe hay oficio.
La Arena López Mateos volvió a demostrar por qué es templo sagrado de la lucha libre mexicana. El sábado fue una noche de ovaciones, castigos, vuelos, caídas y levantadas. Una noche para gritar, para sentir, para volver a creer.
Y sobre todo, una noche para confirmar que la lucha sigue viva. Más viva que nunca.

