Una tarde lluviosa trajo de vuelta a Edson Álvarez a la colonia Santa Cecilia, en Tlalnepantla de Baz. No vino como turista ni como estrella fugaz, sino como referente. El motivo: la reinauguración del Deportivo Santa Cecilia, ahora rebautizado con su nombre, en reconocimiento a su trayectoria como futbolista y, sobre todo, a sus orígenes.
Las instalaciones, ubicadas en el corazón de una de las zonas más densamente pobladas del Estado de México, han sido durante décadas espacio de formación deportiva y social para generaciones enteras. En el imaginario local, el deportivo ha cambiado de nombre casi tantas veces como de administración municipal. Esta vez, sin embargo, el nuevo nombre parece tener vocación de permanencia: Deportivo Edson Álvarez.

El mediocampista del West Ham United, actual capitán de la selección mexicana, llegó con una presencia discreta. Sin poses, sin cámaras invasivas. Camisa marrón, jeans claros, y una sonrisa que no busca impresionar. Atravesó las rejas como quien no necesita permiso para entrar. Lo esperaban miles de personas: vecinos, familiares, autoridades municipales y sobre todo niños, muchos de ellos uniformados, que coreaban su nombre y buscaban un momento de contacto, una mirada, una firma, una foto.

“Es un honor estar aquí, donde empezó todo”, dijo Edson al tomar el micrófono, rodeado de funcionarios que hicieron de antesala para el evento. El césped recién cortado, las gradas pintadas de nuevo, y la placa metálica con su nombre componían un escenario cuidadosamente armado para el acto simbólico. Un gesto del municipio, sí, pero también una forma de construir memoria colectiva en una zona donde las buenas noticias escasean.
La ceremonia fue breve, con lo necesario para dejar claro el mensaje: Edson no se olvida de dónde viene. En sus palabras recordó las canchas de tierra, los entrenamientos agotadores en Coapa, los trayectos de más de cuarenta kilómetros que hacía diariamente para formarse en las fuerzas básicas del Club América. “Si me quieren ver como un ejemplo, háganlo, pero yo soy simplemente alguien del barrio. No importa dónde esté, yo sigo siendo de aquí.”
En tiempos donde el discurso meritocrático suele disfrazar desigualdades estructurales, el caso de Edson Álvarez es una anomalía que inspira. Porque si bien su talento lo llevó lejos, el camino no fue sencillo. En sus primeros años, enfrentó lo que muchos otros enfrentan: falta de recursos, condiciones precarias para entrenar, y un sistema que rara vez apuesta por los de abajo. Su historia no es una receta, pero sí una excepción que sirve para mirar con otros ojos el potencial que existe en estos espacios.

Lo verdaderamente significativo del evento no fue la placa, ni el corte de listón, sino el acto de presencia. En Santa Cecilia, Álvarez sigue siendo un vecino. Para muchos no es el capitán del Tri, sino “el hijo de la señora”, o “el chavo que jugaba en la cancha del fondo”. Esa cercanía fue palpable. Las familias que acudieron no solo lo vitorearon; también lo interpelaron con una familiaridad que rara vez tiene una figura pública.
El Deportivo Edson Álvarez reabre con pintura fresca y promesas de inversión, aunque el futuro de estos espacios depende más de la voluntad política que de las figuras homenajeadas. Aun así, el evento dejó una impresión duradera.

Mientras los asistentes abandonaban el recinto tras la lluvia que humedeció la cancha, un niño pateaba un balón y gritaba: “¡Soy Edson! ¡Soy Edson!”, no como imitación, sino como aspiración. Porque, en un entorno donde la movilidad social parece cada vez más difícil, ver de cerca a alguien que logró salir tiene un valor incalculable.
Edson no vino a dictar lecciones ni a presumir trofeos. Vino a ocupar un lugar que nunca dejó de ser suyo. No como ídolo lejano, sino como testimonio de que, a veces, el barrio también devuelve a sus hijos.

