El domingo en Atizapán, en el estadio Comanches se vivió lo que, en otra latitud, habría sido un “statement win”. Los Raptors del Valle de México consiguieron su primera victoria de la temporada. Lo hicieron de forma contundente: 34-0 ante los Reyes de Jalisco, en un partido correspondiente a la semana 6 de la Liga de Fútbol Americano Profesional (LFA).
Ambas escuadras llegaban sin triunfos, pero fue el conjunto del Estado de México el que mostró un mínimo de orden, ejecución y ambición.
Más allá del marcador, el encuentro reflejó con claridad el estado actual de la LFA: una liga con bases sólidas, mejor estructura y un producto deportivo competitivo, pero que aún no logra arraigarse en el imaginario colectivo del deporte mexicano.
Desde el primer silbatazo, los Raptors impusieron condiciones. El gol de campo de Alberto González marcó el inicio de una avalancha. Pocos minutos después, Dejohn Rogers devolvía una patada de despeje y anotaba con una soltura que arrancó gritos de incredulidad. Un 10-0 que olía ya a sentencia.
El segundo cuarto fue un recital ofensivo de la dupla Johan López y Mali Harris. Luego, sin tiempo en el reloj, otro gol de campo, otra estocada quirúrgica de González. El marcador al descanso ya era un 20-0 que parecía dejar sin respuestas a los Reyes.
A la vuelta, los Raptors no se conformaron. López encontró a Maximiliano Hernández con un pase quirúrgico que selló el 27-0. Y por si aún quedaban dudas, Mauricio Gómez, con un acarreo por el centro, rompió la línea imaginaria del plano y el espíritu de los tapatíos. 34-0. Final.

La infraestructura y el entusiasmo existen. Lo que falta es algo más difícil de fabricar: relevancia.
Desde su fundación en 2016, la LFA ha crecido en número de equipos, transmisiones, patrocinadores y nivel de juego. Sin embargo, su penetración cultural es aún limitada. El aficionado promedio sigue viendo el fútbol americano como un espectáculo importado, la NFL domina, o como un fenómeno universitario de élite. Lo que propone la LFA es una liga nacional con identidad propia, pero el proyecto sigue buscando un espacio en un ecosistema deportivo saturado.
No es un tema de calidad. Muchos de los jugadores provienen de programas universitarios consolidados y otros han hecho carrera en ligas semi-profesionales dentro y fuera del país. Lo que se vio el domingo en Atizapán fue un espectáculo competitivo, con momentos de ejecución de alto nivel. Pero eso, por ahora, no ha sido suficiente para convertir la propuesta en un fenómeno masivo.
Aun así, hay indicios de avance. La presencia de figuras con trayectoria como García, la cobertura cada vez más profesional en redes sociales, y la respuesta positiva de la aficiones locales son señales de que el proyecto tiene fundamentos. Pero sigue siendo un “producto en construcción”.
Y sin embargo, hay señales. Los jugadores, muchos con experiencia colegial, otros curtidos en la frontera del fútbol americano semi-profesional, muestran hambre, disciplina, ejecución. No están improvisando. Están buscando hacer historia.

La LFA, hoy por hoy, es como una empresa que ya tiene operación, clientes y branding, pero que aún no alcanza un punto de quiebre que la proyecte al siguiente nivel. Lo que vimos en Atizapán fue una versión funcional del modelo: partido competitivo, estadio lleno, producción eficiente. Lo que falta es continuidad, escala y una narrativa central que enganche a nuevos públicos.
La próxima semana, los Raptors visitarán a los Arcángeles de Puebla en el cierre de la temporada regular. Sin posibilidades de postemporada, el equipo aún se juega algo importante: consolidar su sistema de juego y cerrar con dignidad. La LFA, por su parte, debe seguir afinando detalles. El espectáculo está ahí. La estructura también. Lo que sigue es construir una audiencia más amplia, un relato propio y, sobre todo, una identidad deportiva que no dependa de comparaciones externas.
Porque en el deporte profesional, como en cualquier industria cultural, no basta con estar presente. Hay que volverse indispensable.

