Ultradistancia Interior: Un recorrido con Paola Berber 

por Eduardo Magaña

El sol fue el menor de los retos que encontró Paola Berber cuando descendió por la polvorienta carretera que serpentea entre los huizachales de la Sierra Mixteca. Atrás quedaban kilómetro tras kilómetro de esfuerzo y silencio hipertensado. Iba sola, como la mayoría de las pedalistas en el Tour de Frankie: una carrera de ultradistancia que arranca en el Zócalo de la Ciudad de México, afronta más de 700 km, 70 % en terracería, y culmina en Puerto Escondido. Un trayecto que, en tiempos moderados, toma cinco días, pero que exige mucho más a las mujeres dispuestas a cruzar zonas áridas, húmedas y subidas violentas.

Paola había planeado ese viaje durante meses: tuvo un entrenador, nutriólogas la asesoraron, trabajó su fuerza mental. Pero francamente, nada la preparó para lo imprevisible. Fue el día tres, en la subida a Buenavista, cuando su cuerpo dejó de obedecer. Una infección estomacal vino a destrozar sus planes de podio. La última gran muralla: veinticinco kilómetros de pendiente constante, campamento base para cualquier ciclista que aspire al límite. Allí, las 5‑6 horas de ruta se convirtieron en 12. Caminó una parte, se sintió a desmayar otras. Hasta que apareció la señora Agustina.

“Me vio mal y me ofreció agua, comida, descanso”, cuenta Paola desde el Kiosko Morisco en la Ciudad de México, donde aún absorbe la experiencia. Esa entrada fortuita fue el primer gesto de hospitalidad en una larga serie. Después llegó el IMSS de Independencia, donde la atendieron con sueros e inyecciones, permitiéndole volver a pedalear. “Odié ese momento en que lloré de alivio, pensando que quizás no lo lograría”, confiesa.

Pero logró seguir. Reabastecida con solo cuatro galletas Marías y un pedido claro en la mente: terminar. Y no es poca cosa en un deporte que castiga sin advertencia. En cuatro días, cruzó la meta. Sin podio, llegó en cuarto lugar femenil, pero con la cabeza y el alma más firmes que al inicio. “No gané medalla, pero me llevé algo más profundo: resistencia y gratitud”, resume.

Paola, no nació ciclista profesional ni ultra atleta. Su historia comenzó hace unos años, cuando decidió embarcarse en un viaje largo por diversos países en Europa. La bicicleta fue su compañera: la llevó a perderse en caminos, a encontrar historias, a reencontrarse consigo misma. “Mi punto de inflexión fue un video sobre la Silk Road Mountain Race en Kirguistán. Mil kilómetros en altitud, sin asistencia. Vi a esas personas montando al filo de la resistencia humana y me pregunté si yo podría hacer lo mismo”.

De vuelta en México, se inscribió al primer Tour de Frankie cuatro años atrás. Fue voluntaria , más que participante,  con una rodilla al borde del colapso y pocas horas de entrenamiento. Aun así, cayó enamorada del dolor, de la camaradería incipiente, de los refugios en las casas de gente local que no entiende el concepto de desconocidos.

“Ese fue el año que dije: esto no me va a detener”, dice. Desde enero pasado, su vida giró en torno a la preparación: ciclismo de fuerza, extensas sesiones de resistencia, block-s en Hidalgo, Oaxaca, Nevado de Toluca, Paso de Cortés. Ella misma ajustó su bicicleta, con cuidado, , calibró el sillín, cambió manubrio, estabilizó la posición: todo para evitar que el cuerpo se hundiera en los cuartos interminables sobre dos ruedas.

“No solo se trata de rodar; se trata de afinar el engranaje”, explica. “Horas nalga, le digo. Aquellas en que no eres solo ciclista: eres estrategia, mecánica humana, eres mente puesta en no abandonar”.

El día perfecto arranca en la penumbra, con un casco encendido y un espíritu de vértigo. Pero no siempre es así. En el Tour de Frankie, leer variantes de terreno no es una opción, es una obligación. Lo confirma Paola: 70 % de la ruta es terracería, lo demás, carretera secundaria. Ritmo brutal. Cambios abruptos de temperatura. Señalamientos escasos. Una trampa para músculo y psiquis.

Y a pesar del calor, la altitud, los ruidos incesantes, Paola encontró momentos de claridad. En la ruta, rodar sola fue una liberación. “Cuando pedaleas de noche, no hay otra distracción. Solo tu respiración, tu latido. Ahí me sentí viva de otra forma”. Era la misma sensación que la impulsó a descubrirse viajera y ciclista de ultradistancia.

Paola es consciente del contexto: México no es un país diseñado para ciclistas que, por elección, atraviesan paisajes inhóspitos sobre metal y pedales. Hay machismo, violencia, invisibilidad. “La idea de que una mujer no debería pedalear sola está profundamente arraigada”, afirma. La familia le recomendaba que no saliera sola, que tenía que cuidarse. Y el miedo , real,  a que la siguieran no es paranoia: conoce ciclistas que fueron seguidas y atacadas.

Por eso, las rodadas femeninas, los pelotones de mujeres, las redes de soporte no son un lujo, sino una necesidad. “Cuidarnos entre nosotras es parte del deporte”, declara. Y lo acompaña de acción: organiza rodadas, predica con su vida, muestra que se puede. “Aunque seamos minoría, inspiramos. Cuando una niña te ve rodar, se pregunta: ‘¿qué hace ella ahí?’. Eso es poderoso”.

Ser mujer en el ciclismo de ultradistancia, en un país como México, sigue siendo un acto de resistencia. Paola lo sabe. Lo ha vivido en cada mirada que la cuestiona, en cada advertencia que la infantiliza, en cada consejo envuelto en miedo: “mejor no salgas sola”. Desde niñas, cuenta, se nos enseña a no ensuciarnos, a no arriesgarnos, a no exponernos. “Nos decían que lo nuestro era la cocina, no el camino.” Y sin embargo, ahí están: pedaleando por carreteras vacías, cruzando pueblos donde las mujeres ciclistas siguen siendo anomalía, rompiendo inercias cada kilómetro.

“Nos cuidamos entre nosotras”, dice. “Porque sí, aún pesa salir sola. Porque sí, nos han seguido. Porque sí, ser mujer en México sigue siendo más difícil”. Pero también, y esa es su apuesta, la bicicleta se convierte en una herramienta de emancipación.

En un acto político, aunque ella misma dude a veces de usar esa palabra. En el Tour de Frankie, lo sintió con claridad: las miradas atentas, las preguntas solidarias, la gente que se acercaba con fruta o mecánica, como si supieran que lo que estaba haciendo era más que una carrera. Era un mensaje. Una imagen potente para las niñas que la ven pasar y se preguntan quién es esa mujer sola, decidida, sobre una bici.

Y entonces, cuenta Paola, se vuelve urgente poner el ejemplo. Porque lo que se hace importa. Porque el deporte, este, el suyo, no solo la ha hecho más fuerte: también la ha hecho más libre.

Ese apoyo fue clave también en el Tour de Frankie. Paola se sintió acompañada aunque fuera sola: le preguntaban por su ritmo, por su estado. “De pronto, la competencia se vuelve comunidad”.

Para ella, el tour es más que un reto atlético: es un laboratorio de autoconocimiento. “Aprendí que mi energía interior es profunda, que no me rindo ante las condiciones más extremas. Quedé marcada por la amabilidad que me ofrecieron. Eso transformó mi idea del éxito”.

En cuatro días, recorrió lo que muchos ciclistas aficionados tardarían semanas. Pero para Paola, no fue un fin ideológico, ni un famoso trophy-selfie. Fue una manera de redefinir su fuerza, su historia y su compromiso con un deporte que apenas comienza a emerger en su país.

Paola terminó cuarto lugar femenil en la segunda edición del Tour de Frankie 2025. Pero más allá del resultado, su historia es un testimonio intenso de perseverancia. De la ruta que une la capital con el Pacífico sin escalas, sin comodidades, sin descanso planificado.

“Si alguien me pregunta por qué ultradistancia o biciviaje, respondo que porque me cambió la vida. No por el logro, sino por la transformación. No importa si a ti te llama otra cosa. Cambia el modo de entenderte”, dice.

Y así, con el polvo de la Mixteca aún en sus huesos, Paola se proyecta a nuevos viajes: ultramaratones en América Latina, tal vez una ruta en Europa. Pero lo que tiene claro es que seguirá llevando su historia en dos ruedas, hincada en surcos de tierra, viento y voluntad.

Quizá la haya encontrado en una rodilla adolorida por tanto pedalear, o en ese instante de quiebre donde la mano de Agustina y un suero del IMSS frenaron una derrota segura. Una historia de bicicleta puede convertirse, sin más, en una crónica del espíritu mexicano: insistente, creativo, resiliente. Y ella está rodando para comprobarlo.

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